Salgo del portal y mi calle es una línea; las casas, palabras, y los transeúntes, signos de puntuación móviles. Se encuentran ahí only for my eyes, que de derecha a izquierda descodifican mensajes, buscan sujetos y predicados. Todos los hombres leemos el mundo; algunos, guiados por la lógica de la ingesta y excreción, nos empecinamos también en escribirlo. Y cada cual hace uso de las herramientas que puede, sabe o quiere (según capacidades).
Zoom 24x.
Me siento frente a la pantalla y bosquejo tecleando una avenida sobre la figurativa página en blanco: la llamo Avda. Darío Aceba, porque me da la gana y es mía. Redacto una primera versión, la corrijo, le doy la vuelta, la borro, la reescribo, la desecho y la recupero de la presunta papelera: tanta hora de trabajo me da, sin lugar a duda, la titularidad de ese particular puñado de ceros y unos.
Pero aún estoy insatisfecho. Para rascarme la comezón tomo mi texto y le aplico un corrector (acepto cambios que violan la gramática: me hacen gracia, mira qué efecto), y luego lo enchufo a un traductor que lo vuelca a un (probablemente) execrable ruso, o al japonés, o al inglés;
o a un catalán bastante apañao, o a un asturiano seco,
y otra vez lo envío al software: que lo devuelva a la lengua de origen, a ver qué pasa. (Y la respuesta es de todo, pasa de todo, pero el texto aún es texto, y yo sigo reivindicándolo mío).
Y todo esto para decir que mi cocina es de mi propiedad, y que entre fogones tanteo lo que me parece y como me parece. Faltaría más.





Leave a comment
Comments feed for this article